Las mujeres del gulag: cuando la amistad es mucho más fuerte que el odio

En «Vestidas para un baile en la nieve» Monika Zgustova revela nueve testimonios sobre los campos estalinistas

En un viaje a Moscú de septiembre de 2008, la escritora y traductora Monika Zgustova asistió, por mediación del historiador Vitali Shentalinski, a una reunión de antiguos presos de gulag. «Me sorprendió ver a muchas mujeres, un gran porcentaje de las cuales eran judías, en aquella velada literaria y política», apunta.

Una de aquellas supervivientes del exterminio estalinista, el «otro Holocausto» ignorado por la izquierda durante décadas, Zayara Vesiólaya, le mostró unas libretas: poemas escritos a mano que memorizaba para las noches. La conversación abrió la puerta a otros testimonios; una frase de Zayara inspiró el título de este libro elaborado a lo largo de nueve años de viajes a la capital rusa. Así recordaba su detención, una noche de abril de 1949 en una cena familiar en el komunalka (piso comunal). Detenida por la policía armada, emprendió el camino hacia el horror: «Me fui de casa vestida como para un baile. Llevaba una falda estrecha negra hasta las rodillas, una elegante blusa roja con muchos botoncitos y zapatos de tacón». En los campos siberianos, Zayara se consoló con la poesía y el «Concierto para violín» de Mendelssohn que tocaba su compañero de cautiverio Nikolái Bilétov.

Lina SergeLina Serge– ABC

«La resistencia humana sostenida por la cultura es el mejor ejemplo de estas mujeres», advierte Zgustova y señala matices en la forma de sufrir femenina y masculina. Ellas son más optimistas; ellos, más fatalistas: «Ninguna quiso renunciar al periodo de vida en los campos; en las experiencias fuertes lo malo es terrible, pero lo bueno es maravilloso. El gran tesoro de las mujeres del gulag es la amistad».

Al estilo de la Nobel Svetlana Alexiévich, «Vestidas para un baile en la nieve» prioriza las voces e identifica a sus interlocutoras con la mujer de Lot, Penélope, Judith, Minerva, Psique, Antígona, Ulises, Ariadna y Eurídice. Heroínas míticas del gulag. De los desgarradores testimonios, Zgustova destaca el de Elena Koybut-Daszkiewicz. Residente en un «jruschovki» –horrísonos pisos del ensanche de Jruschov en la periferia moscovita–, en 1943 padeció cautiverio en Kotlas, uno de los campos más mortíferos del gulag. Allí trabajó en las minas y comenzó a estudiar con cuarenta años, hasta convertirse en una autoridad de la cibernética. Elena había transformado su diminuto piso en un acogedor refugio libresco que contrastaba con las descuidadas escaleras con ratas. «Al igual que la mayoría de mujeres del gulag, tampoco podía caminar bien o mantenerse mucho tiempo de pie. La causa de ese impedimento era la malnutrición prolongada de aquellos años», subraya Zgustova.

Mujeres que intentaron formar una familia con hijos demasiado ajenos a su experiencia. Mujeres casadas con antiguos presos del gulag para sentirse comprendidas. A los diecisiete años Susanna Pechuro recibió el pasaporte a la muerte en la Lubianka. Antes había denunciado cómo la escuela comunista fomentaba el antisemitismo y falseaba la historia: «Nos enseñaban que todo lo importante del mundo lo habían hecho los rusos, que los grandes descubridores eran rusos y solo rusos, igual que los grandes escritores, pintores y compositores. Los alumnos protestaron. No querían olvidar nombres como Newton, Shakespeare y Beethoven». Susanna se volcó en los autores prohibidos: Ajmátova, Mandelstam, Tsveitáieva, Blok, Gumiliov… Cuando en 1952 un tren asqueroso la escupió con otras presas en la ciudad de Intá, conoció a una mujer de porte aristocrático. Lina, la esposa del compositor Serguei Prokofiev. El martirio de Susanna no acabó hasta 1956, el año del deshielo: tanto Lina como ella fueron rehabilitadas.

De las entrevistadas, la más difícil fue Natàlia Gorbanévskaya. Traductora al ruso de Czeslaw Milosz, en 1968 formó parte de la disidencia que seguía por la Voz de América la primavera de Praga. Tras su detención, la declararon incapacitada por esquizofrenia progresiva y la internaron en el psiquiátrico de Kazán: le administraban medicamentos que provocaban Parkinson y pérdida de memoria: «Era reacia a revivir aquel traumático episodio con tanto detalle. Al acabar la entrevista, me echó de su piso», explica Zgustova. Los infiernos nevados deparan testimonios como el de Irina Emeliánova, hija de Olga Ivínskaya, el último amor del Boris Pasternak, inspiradora de Lara en el «El doctor Zhivago». Detenida en 1949, Olga nunca habló de Pasternak. Atormentado por los remordimientos, el escritor repartió su amor entre su esposa Zinaída y Olga, la mujer que había aprendido sus poemas de memoria. En una ficha penitenciaria, los ojos claros de Ariadna Efrón, la hija de Marina Tsvetáieva.

Como sucedió con «La mujer silenciosa» (2005), Monika Zgustova aporta con «Vestidas para un baile en la nieve» más testimonios sobre el gulag. «El fascismo y el comunismo se tocan, pero no hay equilibrio entre la abundante bibliografía sobre el nazismo y la referida al estalinismo», apostilla. En el centenario de la Revolución Rusa, Zgustova recuerda uno de los acuerdos de Yalta: «Retornar a la URSS dos millones de rusos refugiados en Gran Bretaña y Estados Unidos: acabaron todos en Siberia».

Powered by WPeMatico

AdSense